Lunes por la mañana, te levantas, piensas en esa tarea que has dicho mil veces que por favor hiciera alguien y, como no la has hecho tú, no está hecha. Pruebas a decirlo bien, aunque piensas Dios es la décima vez que lo digo, pero te acuerdas de que viste un vídeo que decía “sé asertiva y te irá bien”. No quieres parecer una loca de esas que gritan y pierden el control, no quieres ser una tóxica, así que tragas y tiras para adelante, con la tarea que necesitabas, obviamente sin hacer. Pasan los días, sigue sin hacerse y tú ya no sabes cómo decirlo. El recuerdo de esa tarea es la gota malaya que te perfora el cerebro y no te deja estar tranquila. Ves que necesitas que se haga (¡tú tienes mil cosas más y solo has pedido una!). Cada día estás más estresada, pero sigues siendo asertiva, correcta, no vaya a ser que pierdas los papeles. Hasta que llega el fatídico día, el día D y estallas. Estallas y gritas, gritas por esa tarea y por todas las demás que pediste y nunca se hicieron. Gritas porque estas cansada y no puedes más, y es entonces cuando los demás de repente sí te hacen caso, pero te miran desencajados y critican tus formas. Tú no puedes sentirte más culpable, ¿estaré loca? Lo tienes claro, necesitas trabajar estos enfados, no puedes ponerte así y con este objetivo vas a terapia, a aprender a no tener estos arranques, a no volverte loca.
¿Te suena esta historia? Yo la he escuchado varias veces en consulta y a unes cuantes compañeres de profesión. Muchas veces se compra este enfoque, el de muchas mujeres que se definen como locas por tener estas respuestas y que se sienten muy culpables por ello. De esta forma, a veces, sin querer, se intenta enseñar a ser más correcta, a no molestarse tanto, a ver las cosas de otra forma y ser más “asertiva”. Sin embargo, estamos olvidando un pequeño dato: si una conducta se mantiene, por algo será ¿no? Quizás tiene sentido que nos paremos a ver esta pregunta más de cerca.
El enfado, como todas las emociones, tiene una función, la función de movilizarnos para tomar acciones que nos defiendan. Esto no quiere decir que siempre que estemos enfadadas haya que defenderse, pero sí que si el enfado pudiera mandarnos un Whatsapp “defiéndete, que te pisan” sería probablemente el mensaje. Por tanto, a veces, puede que este Whatsapp tenga sentido.
Volvamos a la historia del principio, esta persona, llamémosla Ari por ejemplo, ha intentado por activa y por pasiva que se haga algo que necesita. Tenía una necesidad y, parece que no se estaba cumpliendo. Visto así, una emoción que tiene como meta movilizarnos para defender lo que necesitamos, tiene sentido que aparezca. Veamos además que pasa en el contexto de Ari: hasta que ella no se muestra así, nadie hace nada. Por tanto ¿qué es lo que ha aprendido Ari?, que esta conducta, por la que luego se siente culpable, es la única forma de ser escuchada. En consecuencia, lo más probable será que, en condiciones similares, vuelva a hacer lo mismo, porque es lo que funciona.
Así que con esta Ari en terapia no podemos hacer nada?¿Todo es culpa de su contexto y ya está? No, pero aprender a conocer dónde estás y por qué haces lo que haces es el primer paso para poder reducir esa culpa que nos acribilla a las mujeres. Y sí, se pueden trabajar muchas cosas con esta Ari, pero eso ya te lo cuento otro día.
En resumen, la locura a veces es la única forma sana de conseguir lo que el contexto no nos da. Conocer en qué contexto nos movemos las mujeres facilita que nos podamos empoderar para hacer los cambios que necesitamos.
Si te sientes como esta Ari que he descrito puedo ayudarte a ser coherente con lo que sientes y necesitas. No puedo ayudarte a ser la versión más correcta de ti misma, porque para eso habría que sacrificar algo muy valioso: tu identidad, tus sentimientos y tus valores. Además, si quieres ser tu versión perfecta ya lo estarás intentando, y ese camino supone mucho malestar a largo plazo del que seguro que estás empezando a ser consciente