Ayer día 10 de octubre fue el día de la salud mental. A mí, este día me genera emociones contradictorias. Por un lado, me alegro de que la salud mental esté en la agenda, pero por otro me da pena la forma de la que se habla de ella.
La salud mental actualmente en España, suele ser entendida dentro de un modelo teórico llamado modelo biomédico. Este modelo asume que existen dos categorías: lo sano y lo enfermo y que por tanto si no te encuentras bien, algo “enfermo” habrá en ti que haya que corregir. A veces desde psicología hemos también bebido de este sistema, usando categorías que identifican los problemas de la gente como “trastornos” o hemos hablado de sus emociones o pensamientos “trastornados”. Esto tiene muchas consecuencias, como el mensaje que se transmite a las personas: si estás mal, es que hay algo mal en ti y ya puedes cambiarlo porque si no, no estarás bien.
Además, individualizamos lo que muchas veces es un problema social. No siempre lo que vemos en consulta está causado exclusivamente por la sociedad en la que vivimos, pero desde luego esta influye (e influye mucho). Como vimos con la depresión post-vacacional, no es lo mismo volver a mi piso, con mis buenas condiciones laborales, que volver a estar hacinada en mi habitación de piso compartido y mi trabajo precario. Considerar los problemas psicológicos como problemas individuales significa ignorar qué influencia tiene el contexto en su mantenimiento y origen y, como consecuencia, perdernos gran parte de la película de lo que está pasando con la persona.
Iba a hacer este artículo en modo hater, hablando de los defectos de este modelo de salud mental, pero creo que a veces las psicólogas críticas pecamos de decir qué no queremos y no hablamos de lo que nos gustaría. Cambiar el modelo es algo muy complejo, porque en el modelo actual hay muchos intereses en juego y al final es el modelo más coherente con el tipo de sociedad neoliberal en la que vivimos. Sin embargo, vamos a permitirnos soñar, y soñar a lo grande.
Para mí, un nuevo modelo de salud mental, implicaría ir a lo comunitario, a garantizar las redes de apoyo para las personas y que estas puedan ver satisfechas sus necesidades en la comunidad. Por otra parte, la intervención individual podría tener sentido, pero siempre teniendo en cuenta el contexto e implicándolo en el trabajo terapéutico. Por ejemplo, no tiene sentido que trabaje con una chica que sea más asertiva, si en su entorno cada vez que lo es pasan de ella. Por otra parte, los problemas no se verían como “trastorno” sino como respuestas que permitieron sobrevivir en ambientes concretos, pero que en el día de hoy tienen consecuencias a largo plazo que no permiten que las personas se acerquen a una vida valiosa para ellas. Sería como ver que muchas veces en terapia lo que nos encontramos son personas que han aprendido a poner parches para salvar su barco en el que entra agua y lo que haríamos es con ellas, construir uno nuevo, más seguro. Para construir este barco no solo tendríamos que ver qué barco es, es decir como es la persona sino también en qué mareas navega, es decir, su contexto. Esta idea es la que yo intento transmitir en terapia, y lo que muchas otras compañeras sé que también hacen, pero esto no es suficiente un cambio a nivel social y de paradigma es necesario.
La salud mental es un derecho, pero no cualquier cosa vale. Necesitamos que no se nos patologice por sufrir las consecuencias de contextos adversos, que se nos trate con toda la evidencia científica posible, que se hagan análisis complejos, más allá de lo individual, incluyendo muchos niveles de intervención (social, cultural, comunitario…).